martes 2 septiembre 2014 Nuestra América Contenidos Latinoamericanos

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Dios es negro

Llevo en mi sangre a frica. El tronar de los tambores, la punta afilada de las lanzas, los trazos coloreados realzando la piel y en la boca el sabor atvico de los frutos del Jardn del Edn. En el alma las cicatrices abiertas de tantos azotes, el grito imperial de los cazadores de personas, los hijos apartados de sus padres y los maridos de sus mujeres, el balanceo agnico de la travesa del Atlntico y, en los poros, la muerte segando cuerpos engullidos por el mar y triturados por los dientes afilados por los peces.

Soy hijo de Ogum y Oxala, devoto de Iemanj, a quien elevo las ofrendas de todos los dolores y colores, lgrimas y sabores, el llanto inconsolable que sale de las chozas, la carne atada con cuerdas, las muecas y los tobillos con hierros, la soledad de las razas, el vientre violentado y preado por el mpetu feroz de los seores de la Casa Grande.

Me quedan, en la tinaja de madera, las sobras del cerdo descuartizado y, mientras la mesa colonial saborea el lomo, rasgo pieles y orejas, guiso en manteca la frijolada, corto en rebanadas las carnes, fro longanizas y torreznos, aado condimento y me harto. Recojo en el alambique la savia ardiente de la caa y me transporto a los ancestros, a las sabanas y selvas, al tiempo de la inmensurable libertad.

En las noches de casa grande vaca y borrachos los capataces, adorno mi cuerpo con pinturas reflejado en el resplandor de la luna, adorno mis brazos y piernas, me cubro de collares y brazaletes, y al son embriagante del tan-tan, bailo, bailo, bailo, exorcizando tristezas, ahuyentando malos espritus, imprimiendo al movimiento de todos mis miembros el impulso irrefrenable del vuelo del espritu.

Soy esclavo, pero tambin seor de m mismo, pues no hay cerrojo que me tranque la conciencia, ni moralismo que me haga mirar el cuerpo con los ojos de la vergenza. Hago fiesta del sexo, liturgia del cario, bienestar del amor, multiplicando la raza con la esperanza de quien fertiliza semillas. Le doy al patrn nuevos brazos que un da habrn de derribarle de su trono.

Comulgo con la exhuberancia de la naturaleza, las copas de los rboles son mis templos, hago las ofrendas de la fogata de lea, en mi ser se agitan giles, caballos salados, y sigo el mapa trazado por las caracolas, que me ensean que no hay dolor que dure para siempre y que el verdadero amor perdura. Tan poblado est el cielo de mis creencias, que no rechazo si quiera la santera del clero; antes bien reverencio el caballo de san Jorge, transfiero a los altares la devocin a mis orixs, tiro al ro la Virgen negra en la fe de que, entre tantas blancas tradas en andas por el seor de los esclavos, llegar el tiempo en que la ma ser Aparecida y a sus pies tambin se habrn de doblar las rodillas de los blancos.

Soy liberto y en lo profundo de los bosques recreo un espacio de libertad, defendiendo con espritu guerrero mi reducto de paz. En la aldea, vuelto hacia frica, rescato la fuerza mistrica de mi idioma, celebro fiestas y danzas congolesas, el canto libre que resuena en el coro de la pajarera, las aguas de la cascada limpindome de todo temor, los rboles en centinela cubiertos de mil ojos vigilantes.

Ciudadano brasileo, an lucho por la liberacin, empeado en abolir prejuicios y discriminaciones, grilletes forjados en la inconsciencia e inconsistencia de quienes insisten en hacer de la diferencia divergencia e ignoran que Dios tambin es negro.

Fuente: Adital, Brasil / Reproducido por Rebelin, Espaa

Última modificación: 25 de noviembre de 2003 a las 17:46
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