30 años transcurrieron desde el golpe
de estado que estableció en Argentina
la dictadura militar más feroz de nuestra
historia, y una de las más salvajes de
nuestro continente. El terrorismo de Estado,
con su dimensión militar y civil, con
su trama de dominación y de complicidades,
fue el modelo elegido por el capitalismo para
remodelar su hegemonía. Si éste
se estableció en nuestras tierras sobre
la base del genocidio de la población
originaria y de los pueblos afrodescendientes
traídos como esclavos; si después
fue necesaria una nueva “Conquista del
Desierto”, para sentar las bases de la
“modernización” realizada
por la generación del 80; los artífices
de esta última dictadura, herederos muchos
de ellos de aquella oligarquía “fundadora
de la Nación”, volvieron a recurrir
al genocidio, para aplacar toda resistencia.
Llamaron “Proceso de Reorganización
Nacional”, a lo que fue un nuevo momento
de recolonización cultural, sostenido en
una contrarrevolución preventiva, cuyos
datos sobresalientes volvieron a ser el exterminio,
la impunidad, el racismo, el crimen organizado.
El golpe de estado en Argentina, fue parte de
la política imperialista para América
Latina, que tuvo como instrumento contrainsurgente
el “Plan Cóndor”. Se trataba
de detener el proceso de ascenso de los movimientos
revolucionarios que alentados por la revolución
cubana y por otros hechos significativos del contexto
internacional –triunfo sobre el fascismo,
revolución china, mayo del 68, Vietnam-,
desparramaban por América Latina la certeza
de que el cambio no sólo era necesario,
sino que también era posible.
La máquina de matar se puso en marcha
para aplastar toda insurgencia. Se trataba no
sólo de liquidar al pez, sino de dejarlo
sin agua. Por eso el indiscriminado asesinato
de hombres, mujeres, ancianos, ancianas, niñas
y niños. Por eso los mecanismos del terror:
la desaparición forzada de personas, los
campos de concentración, la maquinaria
de delaciones organizada para romper toda solidaridad.
Por eso la guerra cultural, promoviendo el “sálvese
quien pueda”, y “el silencio es salud”;
con la complicidad de periodistas que aún
hoy infectan los medios de comunicación.
Por eso el aliento a la traición, a la
ruptura de los lazos de solidaridad, y la inoculación
de la desconfianza.
El paso siguiente era la impunidad, basada en
la desmemoria.
Pasaron treinta años. Vale la pena sacar
algunas cuentas. La dictadura logró su
cometido en varios sentidos: la desarticulación
de las organizaciones revolucionarias de aquel
momento, del sindicalismo de liberación,
de las ligas agrarias, de un movimiento estudiantil
combativo, del movimiento de sacerdotes por el
tercer mundo, del movimiento villero, y de numerosos
movimientos populares que fueron diezmados, y
desestructurados.
La pérdida más grande e imposible
de nombrar sin sentir escalofríos: la ausencia
de una generación de hombres y mujeres
revolucionarios, generosos, dispuestos a cambiarse
a sí mismos para cambiar al mundo, empeñados
en la creación del “hombre nuevo”
–ellos no se imaginaban la posibilidad de
“la nueva mujer”-. Y como consecuencia
también de esta historia, la deserción
de muchos sobrevivientes de aquella generación,
que adaptaron la idea de “tomar el poder”,
a la de “acercarse al poder”; y cuando
se acercaron, se quedaron gustosos. Ahora desde
el poder, tratan a los que resisten de “inadaptados”,
“duros”, “inmaduros”,
versiones diversas del “imberbes”
de otros tiempos, y no vacilan en cercar la plaza
cuantas veces se sienten amenazados.
La dictadura militar, fue la condición
para que se estableciera en el país el
capitalismo privatizador, “neoliberal”,
que destruyó la soberanía nacional,
devastó los bienes de la naturaleza, extranjerizó
la economía, destruyó identidades
clasistas y populares, multiplicó el posibilismo,
como justificación ideológica del
“no se puede”.
Ellos lograron bastante. Pero no nos derrotaron.
La derrota significa, en términos políticos,
destruir la voluntad de resistencia. Y allí,
es donde no pueden con nosotros. Allí,
precisamente allí, es donde se encuentra
el valor de la terca, mágica, y rebelde
memoria.
La memoria nos permite recordar que no hubo lugar
del país, en el que no existieran gestos
luminosos de resistencia. Aún en las regiones
más oscuras y sórdidas, en los campos
de concentración, tenemos manos tendidas,
gente destrozada por la tortura que no entrega
a sus compañeros, hombres y mujeres que
callan hasta olvidar, información que atraviesa
las zonas de la “no existencia”, denuncias
que se filtran hasta comenzar a hacerse oír.
Aún en los lugares más duros, como
las cárceles, hemos escuchado relatos de
inmensa dignidad, de mujeres que desafiaban la
condena al mundo monocolor, tejiendo telares con
hilos de colores ingresados clandestinamente,
de hombres que aprendían a leer y a escribir,
para comunicarse con el mundo. Aún en el
lugar más insondable de la subjetividad,
la de una madre que ve desaparecer a su hijo o
hija en un cono de sombras, encontramos la fuerza
que transforma el pañal en pañuelo
y la quietud en marcha, que vuelve público
lo privado socializando la maternidad, y alimentando
la rebeldía. Aún en esos “años
de alambradas culturales”, como los llamó
Julio Cortázar, hubo quien escribió,
quien dijo su palabra, quien hizo su poema, quien
cantó su canción, quien actuó
a teatro abierto.
Hubo dignidad en la resistencia, coraje, amor,
e incluso alegría. No es cierto que sea
triste la lucha. Triste es cuando nos cansamos
de luchar.
La resistencia engendró una memoria implacable
y fértil. Hijos que escrachan a los genocidas.
Jóvenes que miran a los ojos a sus abuelas,
y desgarrándose el alma les dicen: “aquí
estoy, soy el nieto que buscabas”. Ex detenidos
desaparecidos que no se refugian en la historia,
sino que se empoderan de la memoria para luchar
por los derechos humanos de ayer y de hoy.
La memoria fértil tiene muchos colores,
nombres, rostros.
Una no sabe si llorar o reír cuando ve
marchar la memoria por las calles, y descubre
tras cada cartel, a un amigo, a una compañera,
a un ser querido que desapareció pero allí
está, sin embargo, junto a nuestra caminata.
En estos días una siente que ellos te
empujan, que te hablan al oído. Que te
invitan a desempañar los vidrios de la
melancolía, y a enarbolar los sueños
de siempre. Los que sueñan los pueblos
originarios: tierra y libertad. Los 30.000 sueños
segados de la superficie de nuestra utopía,
que resistieron clandestinamente como raíces,
como semillas, esperando el momento de florecer.
¿Para qué sirve la memoria? Para
identificar a los enemigos de siempre. Para escracharlos
en sus cuevas. Para que nadie se confunda. Para
que cada cual sepa que ellos no actuaron solos.
Que hay una cadena de complicidades, que abrieron
las puertas de la impunidad. Sirve la memoria
cuando no se vuelve complaciente. Cuando no se
calla. Cuando no se rinde. Cuando no se olvida.
Cuando enciende nuevas rebeldías.
Duele la memoria. Duele, porque obliga.
24 de marzo del 2006-03-21 |