Si alguien quisiera recitar el
clásico "Como amado en el amante /
uno en otro residía..." por los medios
de difusión del País-Jardín,
el celador de turno se lo prohibiría, espantado
de la palabra amante, mucho más en tan
ambiguo sentido.
Imposible alegar que esos versos los escribió
el insospechable San Juan de la Cruz y se refieren
a Personas de la Santísima Trinidad. Primero,
porque el celador no suele tener cara (ni ceca).
Segundo, porque el celador no repara en contextos
ni significados. Tercero, porque veta palabras
a la bartola, conceptos al tuntún y autores
porque están en capilla.
Atenuante: como el celador suele ser flexible
con el material importado, quizás dejara
pasar "por esa única vez" los
sublimes versos porque son de un poeta español.
Agravante: en ese caso los vetaría sólo
por ser poesía, cosa muy tranquilizadora.
El celador, a quien en adelante llamaremos
censor para abreviar, suele mantenerse en el
anonimato, salvo un famoso calificador de cine
jubilado que alcanzó envidiable grado
de notoriedad y adhesión popular.
El censor no exhibe documentos ni obras como
exhibimos todos a cada paso. Suele ignorarse
su currículum y en que necrópolis
se doctoró. Sólo sabemos, por
tradición oral, que fue capaz de incinerar
La historia del cubismo o las Memorias de (Groucho)
Marx. Que su cultura puede ser ancha y ajena
como para recordar que Stendhal escribió
dos novelas: El rojo y El negro, y que ambas
son sospechosas es dato folklórico y
nos resultaría temerario atribuírselo.
Tampoco sabemos, salvo excepciones, si trabaja
a sueldo, por vocación, porque la vida
lo engañó o por mandato de Satanás.
Lo que sí sabemos es que existe desde
que tenemos uso de razón y ganas de usarla,
y que de un modo u otro sobrevive a todos los
gobiernos y renace siempre de sus cenizas, como
el Gato Félix. Y que fueron ¡ay!
efímeros los períodos en que se
mantuvo entre paréntesis.
La mayoría de los autores somos moralistas.
Queremos —debemos— denunciar para
sanear, informar para corregir, saber para transmitir,
analizar para optar. Y decirlo todo con nuestras
palabras, que son las del diccionario. Y con
nuestras ideas, que son por lo menos las del
siglo XX y no las de Khomeini.
El productor-consumidor de cultura necesita
saber qué pasa en el mundo, pero sólo
accede a libros extranjeros preseleccionados,
a un cine mutilado, a noticias veladas, a dramatizaciones
mojigatas. Se suscribe entonces a revistas europeas
(no son pornográficas pero quién
va a probarlo: ¿no son obscenas las láminas
de anatomía?) que significativamente
el correo no distribuye.
Un autor tiene derecho a comunicarse por los
medios de difusión, pero antes de ser
convocado se lo busca en una lista como las
que consultan las Aduanas, con delincuentes
o "desaconsejables". Si tiene la suerte
de no figurar entre los réprobos hablará
ante un micrófono tan rodeado de testigos
temerosos que se sentirá como una nena
lumpen a la mesa de Martínez de Hoz:
todos la vigilan para que no se vuelque encima
la sémola ni pronuncie palabrotas. Y
el oyente no sabe por qué su autor preferido
tartamudea, vacila y vierte al fin conceptos
de sémola chirle y sosa.
Hace tiempo que somos como niños y no
podemos decir lo que pensamos o imaginamos.
Cuando el censor desaparezca ¡porque alguna
vez sucumbirá demolido por una autopista!
estaremos decrépitos y sin saber ya qué
decir. Habremos olvidado el cómo, el
dónde y el cuándo y nos sentaremos
en una plaza como la pareja de viejitos del
dibujo de Quino que se preguntaban: "¿Nosotros
qué éramos...?"
El ubicuo y diligente censor transforma uno
de los más lúcidos centros culturales
del mundo en un Jardín-de-Infantes fabricador
de embelecos que sólo pueden abordar
lo pueril, lo procaz, lo frívolo o lo
histórico pasado por agua bendita. Ha
convertido nuestro llamado ambiente cultural
en un pestilente hervidero de sospechas, denuncias,
intrigas, presunciones y anatemas. Es, en definitiva,
un estafador de energías, un ladrón
de nuestro derecho a la imaginación,
que debería ser constitucional.
La autora firmante cree haber defendido siempre
principios éticos y/o patrióticos
en todos los medios en que incursionó.
Creyó y cree en la protección
de la infancia y por lo tanto en el robustecimiento
del núcleo familiar. Pero la autora también
y gracias a Dios no es ciega, aunque quieran
vendarle los ojos a trompadas, y mira a su alrededor.
Mira con amor la realidad de su país,
por fea y sucia que parezca a veces, así
como una madre ama a su crío con sus
llantos, sus sonrisas y su caca (¿se
podrá publicar esta palabra?). Y ve multitud
de familias ilegalmente desarticuladas porque
el divorcio no existe porque no se lo nombra,
y viceversa. Ve también a mucha gente
que se ama —o se mata y esclaviza, pero
eso no importa al censor— fuera de vínculos
legales o divinos.
Pero suele estarle vedado referirse a lo que
ve sin idealizarlo. Si incursiona en la TV —da
lo mismo que sea como espectador, autor o "invitado"—
hablará del prêt-à-porter,
la nostalgia, el cultivo de begonias. Contemplará
a ejemplares enamorados que leen Anteojito en
lugar de besarse. Asistirá a debates
sobre temas urticantes como el tratamiento del
pie de atleta, etcétera.
El público ha respondido a este escamoteo
apagando los televisores. En este caso, el que
calla —o apaga— no otorga. En otros
casos tampoco: el que calla es porque está
muerto, generalmente de miedo.
Cuando ya nos creíamos libres de brujos,
nuestra cultura parece regida por un conjuro
mágico no nombrar para que no exista.
A ese orden pertenece la más famosa frase
de los últimos tiempos: "La inflación
ha muerto" (por lo tanto no existe). Como
uno la ve muerta quizás pero cada vez
más rozagante, da ganas de sugerirle
cariñosamente a su autor, el doctor Zimmermann,
que se limite a ser bello y callar.
Sí, la firmante se preocupó por
la infancia, pero jamás pensó
que iba a vivir en un País-Jardín-de-Infantes.
Menos imaginó que ese país podría
llegar a parecerse peligrosamente a la España
de Franco, si seguimos apañando a sus
celadores. Esa triste España donde había
que someter a censura previa las letras de canciones,
como sucede hoy aquí y nadie denuncia;
donde el doblaje de las películas convertía
a los amantes en hermanos, legalizando grotescamente
el incesto.
Que las autoridades hayan librado una dura
guerra contra la subversión y procuren
mantener la paz social son hechos unánimemente
reconocidos. No sería justo erigirnos
a nuestra vez en censores de una tarea que sabernos
intrincada y de la que somos beneficiarios.
Pero eso ya no justifica que a los honrados
sobrevivientes del caos se nos encierre en una
escuela de monjas preconciliares, amenazados
de caer en penitencia en cualquier momento y
sin saber bien por qué.
Es verdad que no toda censura procede "de
arriba" sino que, insisto, es un antiguo
deporte de amanuenses intermedios. Pero el catonismo
oficial favorece —como la humedad a los
hongos— la proliferación de meritorios
y culposos. Unos recortan y otros se achican.
Y entre todos embalsamamos las mustias alas
de cóndor de la República.
Nuestra historia —con sus cabezas en
picas, sus eternos enconos y sus viejas o recientes
guerras civiles— nos ha estigmatizado
quizás con una propensión latente
represiva-intervecinal que explota al menor
estímulo y transforma la convivencia
en un perpetuo intercambio de agravios y rencores.
No es ejemplo actual sino intemporal, digamos,
el del taxista calvo que "fusilaría
a los muchachos de pelo largo". El del
culto librero que una vez, al pedirle un libro
feminista, me reprochó: "Vamos,
no va a ponerse a leer esas cosas..." ("Nena,
eso no se toca.") O el del director de
una sala que exigió a un distinguido
coreógrafo que no incluyera "danza
demasiado moderna ni con bailarinas muy desvestidas".
("Nene, eso no se hace.")
Quienes desempeñan la peliaguda misión
de gobernarnos, así como desterraron
—y agradecemos— aquellas metralletas
que nos apuntaban por doquier en razón
de bien atendibles medidas de seguridad, deberían
aliviar ya la cuarentena que siguen aplicando
sobre la madurez de un pueblo (¿se acuerdan
del Mundial?) con el pretexto de que la libertad
lo sumiría en el libertinaje, la insurrección
armada o el marxismo frenético. Y si
de aplacar la violencia se trata, ¿por
qué no se retacean las series de TV o
se sanciona a los conductores que nos convierten
en virtuales víctimas y asesinos?
Creo necesario aunque obvio advertir que en
las democracias donde la libertad de expresión
es absoluta la comunidad no es más viciosa
ni la familia está más mutilada
ni la juventud más corrompida que bajo
los regímenes de exagerado paternalismo.
Más bien todo lo contrario. Delito e
irregularidad son desgraciadamente productos
de nuestra época (y de otras) y se dan
en casi todos los países excepto los
comunistas. ¿Son ellos nuestro ideal?
Aun la pornografía —que personalmente
detesto, en especial la clandestina y la española—
y las expresiones llamadas de vanguardia, pasado
un primer asalto de curiosidad, son naturalmente
relegadas a un gueto: barrios, salas, círculos.
Y allí va a buscarlas el adulto cuando
tiene ganas, así como va a sintonizar
debates sobre temas vigentes durante el horario
de protección al menor.
Se supone que, en cuanto el censor desaparezca,
los primeros en aprovechar del recreo serán
los descomedidos de siempre, que reflotarán
una grosera contra-cultura. Pero a la larga
resultarían relegados siempre que una
debida promoción (que hoy tampoco existe)
de los honestos los lleve a ocupar las posiciones
más evidentes.
El abuso puede ser controlable mediante una
coherente reglamentación, pero es preferible
mil veces correr los riesgos que entraña
la libertad, por lo mucho de positivo que engendra,
que asustamos a priori para ser pobres pero
honrados, niños pero atrasados, que no
es lo mismo que puros.
En cambio los tortuosos mecanismos que paralizan
preventivamente la cultura sí contaminan
y achatan a toda la familia social y no sólo
le vedan el acceso a las grandes ideas sino
que generan fracaso, reyertas e hipocresía...
vicios poco recomendables para una familia.
En lugar de presentar certificados de buena
conducta o temblar por si figuramos en alguna
"lista" creo que deberíamos
confesar gandhianamente: sí, somos veinticinco
millones de sospechosos de querer pensar por
nuestra cuenta, asumir la adultez y actualizamos
creativamente, por peligroso que les parezca
a bienintencionados guardianes.
Veinticinco millones, sí, porque los
niños por fortuna no se salvan del pecado.
Aunque se han prohibido libros infantiles, los
pequeños monstruos siguen consumiendo
historias con madrastras-harpías, brujas
que comen niños, hombres que asesinan
a siete esposas, padres que abandonan a sus
hijos en el bosque, Alicias que viajan bajo
tierra sin permiso de mamá. Entonces
ellos, como nosotros, corren el riesgo de perder
ese "sentido de familia" que se nos
quiere inculcar escolarmente... y con interminables
avisos de vinos.
Ésta no es una bravuconada, es el anhelo,
la súplica de una ciudadana productora-consumidora
de cultura. Es un ruego a quienes tienen el
honor de gobernarnos (y a sus esposas, que quizás
influyan en alguna decisión así
como contribuyen al bienestar público
con sus admirables tareas benéficas):
déjennos crecer. Es la primera condición
para preservar la paz, para no fundar otra vez
un futuro de adolescentes dementes o estériles.
Como aquella pobre modista negra llamada Rosa
Parks, encarcelada por haberse negado a cederle
el asiento a un pasajero blanco en un autobús
según la obligaba la ley, la autora declararía
a quien la acusara de sediciosa: "No soy
una revolucionaria, es que estaba muy cansada".
Pero Rosa Parks, en un país y una época
(reciente) donde regían tales leyes en
materia de "derechos humanos", era
adulta y, ayudada por sus hermanos de raza,
pudo apelar a otro ámbito de la justicia
para derrotar a la larga la opresión
y contribuir a desenmascarar al Ku Klux Klan.
Nosotros, pobres niños, a qué
justicia apelaremos para desenmascarar a nuestros
encapuchados y fascistas espontáneos,
para desbaratar listas que vienen de arriba,
de abajo y del medio, para derogar fantasmales
reglamentos dictados quizás por ignorancia
o exceso de celo de sacristanes más papistas
que el Papa.
Sólo podemos expresar nuestra impotencia,
nuestra santa furia, como los chicos: pataleando
y llorando sin que nadie nos haga caso.
La autora "está muy cansada",
no por los recortes que haya sufrido porque
volverán a crecerle como el pelo y porque
de ellos la compensa el infinito privilegio
de integrar la honorable familia de sus compatriotas,
sino por compartir el peso de la frustración
generalizada. Porque es célula de todo
un organismo social y no aislada partícula.
Porque más que la imagen del país
en el exterior le importa y duele el cuerpo
de ese país por dentro.
Y porque no es una revolucionaria pero está
muy cansada, no se exilia sino que se va a llorar
sentada en el cordón de la vereda, con
un único consuelo: el de los zonzos.
Está rodeada de compañeritos de
impecable delantal y conducta sobresaliente
(salvo una que otra travesura). De coeficiente
aceptable, pero persuadidos a conducirse como
retardados y, pese a su corta edad, munidos
de anticonceptivos mentales.
Todos tenemos el lápiz roto y una descomunal
goma de borrar ya incrustada en el cerebro.
Pataleamos y lloramos hasta formar un inmenso
río de mocos que va a dar a la mar de
lágrimas y sangre que supimos conseguir
en esta castigadora tierra.
Clarín, 16 de agosto de 1979. [Reproducido
en Desventuras en el País Jardín-de-Infantes,
Buenos Aires: Sudamericana, 1993. 13-18. Versión
digital preparada por Marina Herbst.]
© José Luis Gómez-Martínez
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