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AMERICA | TESTIMONIO | FECHA DE PUBLICACION: 11/09/2003
Yo sobreviví a un fusilamiento
 
El 16 de septiembre de 1973, sobrevivió a un fusilamiento en la cuesta Barriga. Con un balazo en el cuerpo, tuvo la suficiente sangre fría para hacerse el muerto y evitar así el tiro de gracia. Estuvo meses oculto. Hoy, treinta años después, los recuerdos de ese episodio siguen frescos. Casi ermitaño y analfabeto, Enrique Venegas relata aquí su historia por primera vez.

Enrique Patricio Venegas Santibáñez dice su nombre así, de corrido, completo, como si estuviera declarando ante un juez. Tiene 56 años y una historia de novela, cuyas secuelas carga hasta hoy. También carga con la pobreza y el alcohol, ese `vicio` que no logra hacerlo olvidar lo que vivió la noche del 16 de septiembre de 1973. Pero Enrique Patricio Venegas Santibáñez no se quiebra nunca al recordar. De ánimo, dice, está mejor que de estado físico. `Me siento muy mal, hasta hoy; por los golpes, por todo lo que me torturaron, todo lo que me hicieron. Y ver morir a mi hermano a mi lado, es algo que no le doy a nadie`. Su caso consta en los expedientes de la Fundación de Documentación y Archivo de la Vicaría de la Solidaridad.

En el vecindario de Curacaví lo creen loco, porque a menudo lo sorprenden hablando solo. Porque huye de los extraños y no conversa con quienes viven cerca. Su casa, una mediagua del Hogar de Cristo que compró con su propio esfuerzo, se distingue de las demás por su jardín cuidado con esmero. Limpio de toda maleza, tiene flores y hasta un pequeño altar, donde hay una piedra recordatoria de su hermano muerto.

Enrique Venegas vive sin luz, sin agua ni teléfono. Pero igual quiere mostrar su hospitalidad e instala en el patio una mesa plegable con dos sillas donde, mientras fuma con su boca desdentada, comienza el tenebroso relato de su historia.

Ovejas al matadero

`Mi padre trabajaba en la Escuela Militar como talabartero. Yo nací en Santiago, pero llegué a los siete meses a vivir a Curacaví con mi mamá, que volvió a casarse con un hombre al que quise mucho. Desde pequeño, yo quedé marcado por la miseria. Vivía en la calle, pedía limosna. Nunca fui al colegio. Para el Mundial del 62 vendí dulces, eso sí. También cuidaba autos. Nunca me moví de ahí. En 1973, yo trabajaba vendiendo dulces chilenos en mi pueblo. Vivía con la mamá de mi hija. La niña tenía 41 días de vida para el golpe de Estado`.

`El 11 de septiembre, yo estaba en la casa de mi suegra. Vivía en el sitio de una tía, donde tenía una mediagua con mi señora, pero pasábamos donde su madre. Qué iba a ser yo de ningún partido, ¡si no sé leer! No entiendo de política. Eran las once y media de la noche de ese día. Mi suegra estaba enferma, mi mujer me estaba calentando la comida y yo tenía a la niña en los brazos. De pronto, entraron siete carabineros armados de la Tenencia de Curacaví. Me quitaron a la niña y me empezaron a castigar altiro. `¿Dónde están las bombas?`, me preguntaban. `¿Qué bombas?`, les decía yo. No es que me hiciera el ignorante, no tenía idea lo que ellos buscaban. Dieron vuelta toda la casa y me sacaron a punta de culatazos. Mi mujer y los otros niños empezaron a gritar. Me echaron arriba de una camioneta; el teniente Aravena me puso la pistola en la sien: `Perro c..., comunista!`. Y muchos insultos más. El teniente es conocido aquí. Me llevaron junto a ellos y allanaron mi casa. Más tarde me dijeron que habían sacado dos cajas de bombas. Más bien me robaron en mi pobreza: los pañales de la niña, todas las cositas que tenía... Llegamos a la tenencia, a golpes. Me esposaron, me colgaron desnudo, me sacaron descalzo, nos cortaron el pelo al cero, con un cuchillo carnicero. No sé cómo soporté. Todavía tengo las cicatrices. En el patio de la comisaría pude comprobar que había detenidos numerosos vecinos, entre ellos mi medio hermano, Justo Joaquín Mendoza Santibáñez. Nos interrogaban por las armas una y otra vez, cuando siempre habíamos vivido en una pobreza enorme, ¡nunca hemos tenido ni siquiera una escopeta! Pero ellos no nos creían. Eran peor que animales.

`Recuerdo que el 16 nos sacaron una foto, tarea que se encomendó al fotógrafo de Curacaví, Jaime Cabrera, a quien todavía se le puede ver a bordo de su bicicleta paseando por las calles del pueblo. Pero imagínese en las condiciones que estábamos... Después lo torturaron a él porque se le ocurrió tomar fotos por arriba del portón, cuando llegó más gente detenida...

`Esa misma noche nos sacaron de la tenencia. Eran las once de la noche. Nos dijeron que nos llevaban al Estadio Nacional a ver un partido de fútbol. Junto a mi hermano quien sufría de retardo mental estaban el `Ñico` Gárate, Edmundo Manzo, Jorge Toro, Jorge Yáñez y José Guillermo Barrera.

`Nos subieron a dos vehículos y partimos en dirección a Santiago. Al pasar frente al control de carretera, los otros carabineros preguntaron a los que nos custodiaban: `¿Llevan ovejas para el matadero?`. Y ellos contestaron: `Sí, a ver si alcanzan a ver el partido de fútbol porque ya empezó`. Todo entre carcajadas. Fue lo último que escuché de ellos. Yo iba tomado de la mano de mi hermano. Cuando llegamos a la cumbre de la cuesta Barriga, nos hicieron descender. Era un poco más arriba del lugar donde estuvieron escarbando el año pasado. Nos pusieron a todos juntos contra un muro de cemento cercano a una casa fiscal que había ahí. No estábamos amarrados ni vendados. Lo único que teníamos para protegernos cada uno era una frazada. Yo iba con chaqueta de cuero y los demás con parka. Recuerdo que solo dije: `Dios mío, ahora voy a saber lo que es morir`.

Un calor en la pierna

`Sentí las ráfagas de las seis ametralladoras. Fue un ruido ensordecedor en medio de la oscuridad. Después, sólo quejidos. Es raro, pero no tuve miedo. Tal vez porque yo me crié bruto, con hambre, con frío.

`Recuerdo que sentí un ardor muy fuerte en la pierna derecha, entrando más arriba del tobillo, y caí al suelo. A mi lado ya habían caído todos los demás. Ya sabía lo que estaban haciendo y sólo rezaba. Porque terminado el estruendo de la balacera, nuestros fusileros se acercaron y nos alumbraron las caras con linternas. Sentí que alguien se aferraba a mi chaqueta: era el `Ñico` Gárate. Una voz gritó que había uno con vida y lo alumbró. Abrí los ojos y vi que lo apuntaban. Volví a pensar: `Aquí me muero`. El teniente le descargó un tiro en la cabeza, salpicándome con sangre. Nunca perdí el conocimiento. Sólo sentía que me salía algo calentito de la pierna. Después de ese tiro de gracia se fueron, y nos dejaron botados a los siete.

`Me senté, pensando en que todos estaban muertos. A tientas, encontré el cuerpo de mi hermano. Le cerré los ojos y le di un beso de despedida. Iba para los 18 años, estaba recién viviendo. De pronto, sentí un quejido. `¿Quién eres?`, pregunté. Era Guillermo Barrera. Él también tenía herida la pierna. Sólo pensé que era un milagro. Descargaron seis metralletas, estábamos todos juntos ¡y quedamos dos personas vivas! Era increíble.

`Decidimos que lo más seguro para ambos era arrancar por los cerros. Subimos por la misma parte donde sacaron los cadáveres hace un tiempo, en esa mina abandonada que hay ahí en la cuesta. No sabíamos bien adónde nos dirigíamos. Llegamos a la cumbre y vimos luces al otro lado. Anduvimos dos días caminando, los dos heridos en la misma pierna, sin comer nada, sin tomar agua. Yo no tenía hambre. Sí, mucha angustia. Era tanta la sed de Guillermo, que me pedía agua y yo, con la mano, le sacaba algo del rocío del pasto, que estaba crecido. Caímos a la Rinconada de Maipú. Caminamos, caminamos, se hizo la noche y llegamos a Casas Viejas. Era el 17 de septiembre`.

`Pedimos pan en una casa, pero la dueña nos hizo muchas preguntas y nos alejamos. Decidimos seguir juntos pasara lo que pasara, temíamos ser sorprendidos por alguna patrulla. Cuando ya habíamos partido, un hijo de la señora de las preguntas nos alcanzó. Nos interrogó de dónde veníamos. Yo le había dicho al Willie que no dijera nada, que yo iba a hablar. Le respondí que volvíamos de dónde una madrina y que por andar tanto a caballo, nos dolían las piernas. No se la tragó. Y nos contó que todo estaba rodeado por milicos. Nos recomendó dormir en un bosque cercano.

`Ahí, debajo de un sauce, descansamos por primera vez desde nuestro `fusilamiento`.

`Media hora después, un grupo de jóvenes nos encontró. Pensamos que nos habían delatado. `Aquí están, aquí están`, gritaban. `Nos tomaron al apa, porque ya no podíamos más, y nos llevaron a un colegio de Casas Viejas donde nos tuvieron una noche, nos dieron bebidas y alimentos. El 18 de septiembre nos trasladaron a la casa de unos campesinos que tenían como 14 hijos. Nos arreglaron una pieza e incluso consiguieron una auxiliar de enfermería que nos colocó inyecciones para la infección. Guillermo pudo andar antes que yo y salía para afuera. Me contó que había un compañero de su hermano, que había estudiado en la universidad con él. Le dije `mándale a decir que yo estoy muerto y que tú estás vivo`. Le enviaron cigarrillos y plata. Finalmente lo fueron a buscar y se lo llevó su familia. En ese momento lo envidié porque no imaginaba el terrible destino que le esperaba (ver recuadro).

`A mí me fue a buscar un sacerdote del Templo Votivo de Maipú. Se llamaba Mauricio. Le pedí simplemente que me dejara cerca de La Moneda, en Santiago, y que yo iba a saber cómo encontrar a mi padre. Pero él no estaba cuando llegué. Lo habían mandado a llamar de la Escuela Militar, donde seguía trabajando. Lo esperé y le conté lo que había pasado. Ya era cerca del 4 de octubre. Él me dijo que todavía no se sabía quién se iba a quedar con el gobierno, que mejor me refugiara. Me fui donde una tía en Barranca. Estuve ahí un tiempo y después partí a Viña, me quedé con una hermana. Ahí estuve viviendo escondido como cuatro meses.

`Un día me llegó una carta de mi papá. La instrucción era llevársela al coronel Ewing, que era el secretario de Pinochet. Partí a la Unctad (edificio Diego Portales). Subí los 17 pisos y ahí estaba ese caballero, que veraneaba en un hotel donde nosotros crecimos cuidando autos, vendiendo dulces. Mi mamá le pelaba tunas a él. Le conversé, le conté que había trabajado seis meses en la lavandería de la Escuela Militar... La carta de mi papá pasó por todas las instancias, todos averiguando mi vida, si acaso era extremista.

`Me sugirieron que como Curacaví pertenecía a Talagante, hablara con un coronel de carabineros de ahí. Él me preguntó qué quería. Le contesté que en realidad nada, porque nunca iba a hacer resucitar a mi hermano, que había muerto al lado mío. Lo único que quería era mirar a los cinco carabineros y al teniente que nos fusiló. El teniente me cumplió los deseos porque al año pude volver a Curacaví. Regresé para acá para estar con mi padrastro y mi madre. Pero nunca recuperé mis especies personales. Menos, recibí una explicación de lo sucedido. Y menos, supe que los responsables fueran castigados.

`Ahí me boté al vicio y los recuerdos. Después vendí lo poco que tenía, nos separamos con mi mujer y mi hija, y volví a la casa de mi madre... Han pasado treinta años de todo eso. Todos me preguntan cómo he sobrevivido después de lo que me pasó. Ni yo lo sé, porque me siguieron castigando, amenazando. Una vez me dijeron que si yo hablaba más de la cuenta de lo que había pasado, ellos iban a matar a mi padrastro. Me tuve que meter en la cabeza que ellos eran los que mandaban. ¿A quién podía yo recurrir? Nadie podía ayudarme. Fue quedar vivo, llegar al pueblo... y vivir en un callejón sin salida. Porque ellos estaban en su gobierno... Y yo, tomar y tomar, porque no he podido olvidar nada. Me fui hundiendo. Murió mi madre y quedé más solo. Viví en la calle. Me acostaba en cualquier parte. Pero como aquí toda la gente me conoce desde chico, saben que nunca he sido malo. Todo el pueblo sabe lo que me pasó. Saben que soy el sobreviviente, que me dejaron vivo. Me duele sí que digan que lo hicieron porque tenía un papá que era coronel... Mi papá fue simplemente un trabajador de la Escuela Militar. Claro, subió de grado, tenía estudios, pero Dios fue el que me salvó. Fue un milagro que estuviera vivo.

`Un día llegaron los de los derechos humanos y trataron de ayudarme. Me tuvieron antes en un convento de monjas, en unas casas particulares, en tantas partes... pero Santiago no me gusta. Un día me decidí a hacer una declaración de lo que vi, de lo que nos hicieron y lo que sufrimos y presenté una querella criminal por homicidio frustrado y lesiones graves. Pero yo no hablo con nadie de esto. Mi hermana mayor siempre me dice: `Pato, no entiendo lo que te pasó. Cuéntamelo bien`. Y le digo: `¿Con quién quieres que me desahoge, si no puedo dormir y las pastillas no me hacen nada?`. De repente, me pongo a tomar. Me siento muy solo. Tengo la columna mala hasta hoy de los golpes que me dieron. La gente me dice: `Tú, entre más viejo, te vas a volver más loco. ¿Y quién te va a ayudar?`. Es cierto. Ya murió mi padre verdadero. Él me ayudaba, me daba ropa, plata. Mi mamá murió y está mi otro padre, todavía esperanzado en que va a encontrar a su hijo. Al menos, estoy vivo. Pero no puedo olvidar a Barrera`.

Fuente: Diario El Mercurio / Chile Vive, Chile
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